Olor de santidad

Aunque falta para la cuaresma, acaba de aparecer en la Plaza del Pan, detrás de una persiana metálica, un atajo que conduce al Domingo de Ramos. ¿Alguien quiere probar?
Todo lo que uno hace significa. Sobre todo, cuando lo que uno hace es morirse y resucitar, gestos de una elocuencia sin parangón en esta ciudad ritual, que se llama Sevilla porque ya hay una Fénix en Arizona. ¿Es esto una adivinanza? Sí. La solución es la siguiente: Ya está la primera en la calle. Hoy, cuando pase por la Plaza del Pan si es que lo hace, verá levantada, olerá levantada, la persiana de una especie de capillita de ladrillo, la tiendecita de incienso de Adolfo Fiances. No siempre ha sido así en los últimos meses. Algunos paisanos tal vez no sepan por qué ("¡Hay tantos secretos!", le comentó Fiances a Más Sevilla la tarde en que se conocieron). Pero lo cierto es que este artista perfumero sevillano se murió el verano pasado inopinadamente, en plena segunda juventud, y la ciudad se quedó estupefacta al saberse sin ese hijo suyo que iba a Grecia a por incienso, a Galicia a por laurel y al Patio de Banderas a por cáscaras de naranja amarga para tejerle a Pasión el manto de gasa que lleva delante: su olor. Ese hijo suyo al que ya ni le miraban el pasaporte en Arabia y que se recorrió varias veces el mundo de un extremo al otro para traer las esencias más deliciosas y convertirlas, conforme a complicadas fórmulas de su invención que sólo él conocía, en los aromas diferenciados de más de doscientas cofradías de Sevilla, su provincia y algún que otro lugar. Ante una pérdida humana irreparable, una ciudad puede quedarse muda. Puede quedarse hasta ciega, de espanto. Sevilla se quedó anósmica de la noche a la mañana. Ni olía nada ni olía a nada, exceptuando las miserias callejeras más inmediatas y profanas.
Pero Adolfo no sólo era el orfebre nasal de las cofradías y por lo tanto de Sevilla. Era también un mago capaz de convertir una nariz en una máquina del tiempo. Aquella tarde contó una de sus proezas (tenía muchas más, pero esa le gustaba mucho): cómo hizo bailar a una señora de 80 años que pasaba por delante de uno de sus puestos callejeros. La palabra mágica fue alhucema. "¿Sabe usted que es la alhucema?", preguntaba él, para prologar su discurso casi secreto ante el tipo del papel y el boli. "No, no. La alhucema es el olor de los partos. Se ponía antiguamente para purificar el ambiente. Y en la copa, cuando llegaba el invierno. Y en la ropita de los niños, para darle buen olor. Luego llegó la electricidad y todo eso empezó a acabarse. Pero esa señora encontró en esa bolsa lo que no olía desde hacía décadas. Encontró su juventud. Eso es la alhucema."
Así que la persiana alzada de la cuevecita de Fiances, hoy lunes, es mucho más que un comercio abierto. Y estas páginas, que suelen ser una invitación cordial y una arenga ajena a todo interés publicitario con el único propósito de que el sevillano viva Sevilla en toda su magnitud, no tienen hoy más remedio que proponer a los paisanos que, a partir de ahora mismo, formen una cola larguísima o un chorreo incesante delante de ese portalillo de la Plaza del Pan y que cada uno de los que por allí pasen compre un poquito de incienso y una barrita de carbón donde prenderlo. O que acudan a los puestecillos callejeros que Adolfo Fiances dejó repartidos por los alrededores de esa hornacina suya donde se rinde culto al olor de Dios.
Luego puede irse allí al lado, a la calle Alcaicería, a que María del Río le tome la medida del nuevo capirote o, sencillamente, a ver cómo teje esas curiosas y buñuelescas pelucas de santos. Incluso la puede llamar por teléfono (954 212427) y preguntarle a cuánto está el metro de Estudiantes o el cuarto y mitad de Macarena. A un paseíto de allí, subiendo hacia San Esteban, también puede ir ya entablando charleta con Charo Ruiz en El Rincón del Nazareno (954 417657) e intercambiar opiniones sobre cómo coserle el escudo al ruan para que no salga fruncido, y hasta encargarle la túnica, ahora con tiempo. Puede regresar a Sierpes y echarle un vistazo a la exposición que allí acaban de inaugurar las tertulias cofradieras con todas sus placas, todas sus revistas y toda su cartelería, y empezar a ver por las dulcerías, cerca de los Panaderos, los primeros pasitos y nazarenos. Y eso es lo que significa que la persiana de Fiances esté hoy tan alta.
Fuente. El correo de andalucia.
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